Aunque al menos reconocía que, merced a las fiestas, gozaba de cierta tranquilidad, volvía a hacer de policía por unas horas y era el dueño de la comisaría, desierta y calma. Como si aquello fuera su castillo. Gracias a la Navidad gozaba de un poco de paz. En aquel momento, claro.

Los dos agentes que pelaban aquella guardia con él, tras cerrar las puertas de comisaría para evitar molestias, habían pasado a desfogarse con un par de putas que habían ingresado en los calabozos por dar un escándalo en la calle Trapería aquella misma tarde. Ellas sabían ser complacientes con los miembros del cuerpo. «Pago en especie», decían entre risas muchos de sus compañeros. Imbéciles.

Alsina se sentía en paz, algo achispado, atontado por el alcohol, como flotando en un limbo protector y agradable. Continuó leyendo y volvió al asunto de los cosmonautas, que ocupaba varias páginas en el diario: «La gran aventura, sin novedad», decía la prensa, anunciando que al día siguiente se contactaría con la nave. Televisión Española iba a ser la encargada de servir la señal a todo el mundo, pues sería captada por la NASA desde su estación de Fresnedillas. Aquella era una prueba, siempre según el Diario Línea, de que «España se halla a la cabeza del desarrollo tecnológico mundial y bla-bla, bla-bla…».

Idiotas. Fanáticos. Le cansaban, en serio. Siempre con su soniquete, su runrún fascistoide, eterno y machacón que trepanaba las mentes y vencía las más férreas voluntades. Al menos allí, en la soledad de la guardia, estaba a salvo de consignas. Nadie ni nada le molestaba y aquellos momentos de intimidad resultaban especiales, quizá hasta agradables. Aunque la maldita realidad volviera una y otra vez con tozuda insistencia a molestarle, a hacerle sentirse mal, una mierda.



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