Dibujó una segunda circunferencia en la órbita de Venus, marcándola con un «2».

— Desde aquí nos dirigiremos a Marte y lo encontraremos acá, luego regresaremos a la Tierra, que, durante ese lapso, habrá recorrido más de la mitad de su ruta anual y habrá de encontrarse más o menos aquí…

— ¡Claro! — exclamé.

— Este dibujo no es más que un bosquejo, prosiguió Kamov. Las órbitas de los planetas no se cierran, puesto que el Sol, arrastrándolos consigo, se mueve también en el espacio; pero así usted ha de entender mejor, ¿verdad?

— Gracias. Ahora, todo me parece claro.

— Ahora usted entenderá perfectamente por que no podemos postergar el «decolage» ni por un solo día, pues con ello se trastornarían todos los cálculos.

— Comprendo.

— Bien, por hoy basta. En siete meses y medio tendremos tiempo para conversar de todo. Su participación en la expedición comienza desde mañana por la mañana, cuando lo revise la comisión médica. Para prepararlo para el vuelo, no se puede perder ni un solo día.

Así terminó mi primera conversación con Kamov. Era más de medianoche cuando regresé a casa. La Luna estaba ya levantándose por encima de los techos. El hombre con el cual yo había conversado hoy la había visitado. Quizás yo también me hallaré un día en su reluciente superficie. «¿Reluciente?» Me acordé de un artículo de Kamov, donde decía que la superficie de la Luna era tenebrosa y tétrica, cubierta de rocas obscuras, y me pareció irónico mi entusiasmo.

Allí, a medida que uno va aproximándose, todo parece diferente de lo que vemos desde la Tierra. En realidad, los planetas que nos parecen brillantes no son cuerpos luminosos. Pronto yo mismo estaré en uno de ellos.



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