Pero, ¿seguro que estaré? ¿Y si me rechaza el veredicto médico? ¡Entonces me quedará para siempre vedado este camino y la decepción será muy dolorosa!

Dormí muy mal aquella noche, escuchando con los ojos abiertos el lento tic-tac del reloj, que a veces me parecía detenerse. Recién a la madrugada concilié el sueño, siempre perseguido por el pensamiento de un posible fracaso de mis aspiraciones.

Pero mi aprensión resultó sin sentido. La comisión examinadora, integrada por tres médicos bajo la presidencia de un célebre profesor, me auscultó y me examinó durante largo rato. Puso a prueba la vista y el oído, me hizo girar en una especie de tiovivo, estar cabeza abajo durante varios minutos, colgado de unos lazos especiales, después de lo cual me volvió a auscultar detenidamente.

Por fin me dijo el viejo profesor, palmeándome la espalda, estas palabras que resonaron en mis oídos como una dulce melodía:

— ¡Un organismo ideal! ¡Puede viajar a la Estrella Polar, si está tan aburrido de nuestra Tierra!

Los médicos se pusieron a reír y el profesor prosiguió ya seriamente:

— Prepárese para el vuelo, pero recuerde que si antes del despegue llegara a resfriarse, no será admitido. Aténgase al más riguroso régimen — y señalando a uno de los miembros de la comisión, añadió—: aquí, el doctor Andreev está especialmente designado para asesorar a la expedición. Consúltelo con frecuencia. El trabajo, el descanso, la alimentación, las distracciones, todo tiene que hacerse bajo su control. Usted ya no se pertenece.

Aprobado por la comisión, me fui directamente a casa de Kamov, para recibir sus instrucciones. Me estaba esperando y expresó su complacencia de que todo estuviera en orden.

— Sentiría perderlo. Me alegro que no haya ocurrido. Aquí — dijo llevándome hacia un hombre alto y delgado, sentado ante el escritorio— le presento a Constantin Serguevich Belopolski, mi ayudante en el vuelo cósmico.



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