Cuando Kamov me nombró y dijo que yo participaría en el próximo vuelo, Belopolski me estrechó la mano, pero lo hizo con absoluta indiferencia. No hubo ni rastros de sonrisa en su rostro surcado de profundas arrugas (a pesar de que sólo tenía cuarenta y cinco años) y no dijo nada de lo que suele decirse en circunstancias análogas. Recuerdo la impresión desagradable que me produjo este silencio. Pensaba que no sería nada ameno tenerlo como compañero de travesía. En la actualidad ya sé que este silencio es una característica de este hombre que solamente gusta de conversar sobre temas de astronomía o matemáticas.

El cuarto participante de la expedición, Arsenio Georgievich Paichadze que conocí dos días después, me recibió de un modo totalmente distinto.

Joven aún, de no más de treinta y cinco años, era ya conocido como perito sobresaliente en análisis espectrales. Era un enamorado de la astronomía a la que llamaba «la ciencia suprema». Paichadze podía hablar durante horas de una estrella o una nebulosa. Hablaba el ruso con cierto acento caucasiano. Yo sabía que los estudiantes universitarios de quienes era profesor de astronomía, lo escuchaban con apasionado interés.

— ¿Boris Nicolaevich Melnicov? — preguntó, estrechándome la mano con tal fuerza, que no pude reprimir una mueca de dolor —. He oído hablar de usted. Usted tomó parte en la expedición al Polo Sur.

— Así es.

— En aquel entonces se iba al Polo Sur y ahora nos vamos a Marte. ¿No le asusta la idea?

— Hablando francamente: un poco.

Posiblemente, yo no habría contestado así a otra persona. Pero toda su presencia, su silueta esbelta, su rostro tostado, sus bigotitos, su mirada cariñosa y todo su semblante daban la impresión de haberle conocido siempre.

— No es extraño — dijo —. Antes de volar a la Luna, yo tenía mucho miedo y no comía ni dormía.



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