— ¿Y ahora no teme nada?

— Ahora no. El vuelo cósmico no es nada terrible; no hay por qué temerle.

— Estoy muy preocupado. ¿Podré justificar la confianza depositada en mi?

— Si usted duda, no podrá hacerlo. Hay que estar seguro de sí mismo. ¿Piensa usted que es por casualidad que ha sido elegido? No, no es así. Serguei Alexandrovich no tomaría una persona al azar. Averiguó, consultó, hasta convencerse.

Me hizo hablar de mí, me contó cosas de sí mismo y cuando nos separamos ya éramos amigos. Durante los dos meses transcurridos desde entonces, me convencí de que Paichadze era un hombre cordial, sociable, que será un buen compañero de vuelo. En nuestra nave se me ha asignado el mismo «compartimiento» con él y estoy muy contento.

Siguieron días de trabajo intenso y apasionante. Se cumplió el pronóstico de Kamov, de que se me encargaría una tarea importante, pues yo no suponía el vasto campo de aplicación de la fotografía: las tomas con rayos infrarrojos y ultravioletas, las de objetos recubiertos de una nebulosidad ahumada, las tomas del Sol y de su «corona» y muchas, muchas otras cosas. Tuve que seguir un curso especializado. Aparte de los dos asesores especialmente adscriptos a mi persona para enseñarme topografía astronómica, se ocupaban de mí mis futuros colegas, Kamov y Belopolski. Serguei Alexandrovich me familiarizaba con el equipo de la nave y con el trabajo de los aparatos de dirección, mientras Belopolski me enseñaba los conceptos básicos de la navegación sideral.

Los días parecían cortos. Trabajaba 18 horas y frecuentemente al llegar a casa, en vez de acostarme, me sentaba a estudiar ante mi mesa-escritorio.

Así continuamos hasta que nuestro médico Andreev protestó.

— Yo no puedo permitir que Melnikov trabaje sin parar. Si sigue así, no será admitido para el vuelo. Yo respondo por él y por todos ustedes ante la Comisión Estatal.



13 из 173