— Comprendo — contestó Kamov —, pero ¿qué puedo hacer? Nosotros nos preparamos durante un año, mientras Melnikov dispone sólo de dos meses.

— Es igual. Yo no le permito no dormir de noche — insistía el médico —. Tiene que dormir 8 horas. El resto del tiempo está a vuestra disposición.

Así se decidió. Desde aquel día me llevaba a casa personalmente y se iba cuando me veía dormido. Terminó el asunto con que Andreev se instaló en mi habitación, lo que me fue muy grato, pues era un maravilloso narrador. Cuando se acostaba solía contar algún caso de su experiencia médica. Consideraba que con ello distraía mi mente de las cuestiones estudiadas. Pero a veces, entusiasmado por sus recuerdos olvidaba la hora y al notar repentinamente que se había hecho muy tarde interrumpía su cuento en el momento más interesante, refunfuñando:

— ¡A dormir, a dormir! ¿En qué está pensando usted?

Una vez empezamos a conversar sobre el próximo viaje y sobre la influencia de la imponderabilidad en el organismo humano, ya que íbamos a experimentarla durante todo el tiempo del vuelo. El doctor lamentaba no poder tomar parte en la expedición.

— Sería muy interesante para mí estudiar la actividad de los órganos en semejante circunstancia.

— Me sorprende mucho que en la expedición no haya ningún médico.

— ¿Por qué no? Ustedes tienen un médico.

— ¿Quién?

— Serguei Alexandrovich.

— ¡Cómo! ¿Acaso es médico también?

— ¿Usted no lo sabía? Kamov se graduó en la Facultad de Medicina especialmente para evitar la necesidad de llevar una persona más que no tendría casi nada que hacer durante el vuelo. Sabía que no se permitiría una expedición sin médico a bordo.

— ¿Pero cuándo tuvo tiempo…?

Había razones para extrañarse. Yo sabía que Kamov se había graduado en el Instituto de Aeronavegación Civil y luego en la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas, pero no estaba enterado de que se las hubiese ingeniado para seguir además el curso de medicina.



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