— ¿Pero cuándo tuvo tiempo? — repetí yo, abrumado.

— Kamov es un hombre extraordinario — dijo Andreev, pensativo —. No sólo obtuvo el diploma de médico sino que trabajó algunos años en los hospitales de Moscú. No hace nada a medias. La vida íntegramente dedicada a una idea, triplica las fuerzas de un hombre.

Así, en medio de un trabajo intenso, se aproximó imperceptiblemente el día de la salida. La nave y la tripulación estaban listas. Tres días antes del «decolage» acompañamos a Kamov para una última revisión de la astronave. Se ensayaron todos los aparatos, se verificaron las cargas. Se revisó todo el aparato. Kamov y Belopolski examinaron la nave en general. Paichadze la parte astronómica, y yo mi equipo foto-cinematográfico. Tengo a mi disposición tres aparatos de filmación: uno portátil y dos montados en las paredes de la nave, de funcionamiento automático; cuatro magníficos aparatos fotográficos, cada uno con 6 objetivos de repuesto y un pequeño laboratorio fotográfico. Todo ello asombra por su perfección técnica, como desde luego, toda la nave. La expedición de Kamov, gracias a la generosa provisión propia de nuestro país, está equipada con todo lo que pueda necesitarse en cualquier eventualidad. Nada ha sido omitido ni olvidado. Con esmero y sumo cuidado se ha previsto y hecho todo lo que pueda asegurar el éxito.

La siguiente anotación en mi diario se hará durante el vuelo.

Por hoy basta, son las 12 y 10 de la noche. Vendrán a buscarme a las 7 de la mañana. ¡Es la última noche en la Tierra!

¡Mañana salimos hacia lo ignoto!

LA SALIDA

3 de Julio de 19…

Las 18, hora de Moscú.

Treinta y dos horas de vuelo. Ya vamos por el segundo día de viaje. Lo sé por el reloj. En nuestra nave no hay cambio entre el día y la noche, y no lo habrá. El sol, lo tenemos siempre a estribor y la nave se da vuelta suavemente a intervalos regulares, para que toda su superficie mantenga una temperatura igual.



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