Los motores cesaron de funcionar hace tiempo y continuamos el vuelo por inercia, con una velocidad de 28,5 kms. por segundo, sin sentirlo, pues parece como si la nave permaneciera inmóvil. Dejamos la Tierra a lo lejos.

Estamos rodeados de innumerables puntos luminosos. La Vía Láctea se ve como un aro gigantesco. Aunque brille el Sol con claridad enceguecedora, se ven las estrellas. ¡Qué espectáculo extraño! El sol y los astros sobre un fondo negro. Desde la Tierra, el cielo no parece nunca tan negro. A simple vista se ve que aquella estrella es más lejana y ésta más cercana, pero, ¡cuan alejadas están todas…!

La nave está suspendida en medio del espacio infinito…

Ese mismo cuadro que tanto me asustara en la Tierra, acá no me produce ningún temor. No se experimenta la sensación de tener un abismo a los pies, porque ese mismo abismo encuéntrase en todas partes, y los conceptos de «arriba» y «abajo» se hallan alterados. Apenas dejaron de funcionar los motores y la nave empezó a volar por inercia con una velocidad constante, el peso desapareció y con él las nociones comunes. Por hábito, considero que bajo mis pies es «abajo», y encima de mi cabeza «arriba», pero no me cuesta nada darme vuelta a 180º y entonces lo que era arriba se torna abajo y viceversa. Para ello basta hacer un pequeño esfuerzo, tomando como punto de apoyo algún objeto firmemente apoyado en la pared.

¡Yo no peso nada! Esta sensación de imponderabilidad, en la que tanto pensara antes del vuelo y aun con cierto temor, resultó algo nada terrible y hasta agradable. En un día me familiaricé enteramente con ella.

Ahora estoy escribiendo en la mesa. Estoy cómodo, pero, ¿qué aspecto tiene ésto?

Nuestra cabina no es grande. Una pared semicircular, es el borde de la nave.



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