
Excepto la mesa, en la cabina hay un armario donde guardamos los instrumentos y efectos personales. Es de aluminio y ocupa toda la pared frente a la mesa. Cuando estoy «sentado» frente a la mesa, el armario viene a encontrarse «en el techo», pero si me diera vuelta con los pies hacia el armario, es mi mesa la que se encontraría en el «techo».
No hay camas en la cabina. A ambos lados de la ventanilla hay dos hamacas con presillas metálicas, y en ellas dormimos. Se procede así: con un ligero impulso uno se aproxima en el aire hacia la hamaca y una vez en ella se abrochan las presillas. El cuerpo imponderable no ejerce presión sobre nada y se puede dormir en cualquier postura como en el más blando lecho. La red no permite que mi cuerpo se mueva dentro de la cabina durante el sueño. Es que en nuestro mundo imponderable de vez en cuando aparece una fuerza de peso apenas perceptible. Se produce esto cuando la nave gira sobre su eje longitudinal. Por más insignificante que sea esa fuerza, es suficiente para que yo me despierte a medias en el mismo lugar donde me acosté. Hablando con más precisión, diría que no es el peso sino un efecto centrífugo. Cuando se produce el giro, todos los objetos no afirmados empiezan a moverse.
