
Si la superficie de la nave sufriera una brecha en un momento en que alguien se encuentre en la cabina, y siempre que la explosión no sea demasiado fuerte, podría salvarse aplicando un emplasto a la brecha. Estos emplastos están preparados por todos lados; son de tamaños diferentes y tienen que tapar la abertura de manera que no salga el aire, que dentro de la nave tiene sobre los objetos la misma presión que en la tierra, es decir de un kilogramo por centímetro cuadrado, mientras afuera no hay presión. Claro está que en semejante caso habría que actuar con la rapidez de un relámpago.
Acaba de «entrar» en la cabina Paichadze: para abrir la puerta del armario tuvo que ocupar una posición tal, que se encontró colgando por encima de mi cabeza en ángulo recto.
Yo sabía que tanto él, como los objetos del armario, no podían caer sobre mí, pero la fuerza de las costumbres «terrestres» me hizo retroceder. Naturalmente, el cuaderno voló al otro lado.
Paichadze lo observó y se puso a reír. Sacó del armario el aparato que necesitaba y dándose vuelta diestramente en el aire se encontró en la misma posición que yo, habiendo agarrado de paso mi cuaderno.
— ¿Puedo leer? — me preguntó.
Asentí, y se puso a leer atentamente las últimas páginas.
— Los fenómenos físicos que suceden en la nave — dijo devolviéndome el cuaderno —, están bien descriptos, pero ¿por qué no describió el momento del «decolage»?
— Lo haré sin falta.
— Habría que proceder cronológicamente.
— Este diario — le contesté —, no es más que materia prima. Lo escribo como venga.
