
— Nunca hay que hacer nada «como venga» y «así nomás» — dijo poniéndome la mano en el hombro, lo que me hizo bajar inmediatamente en el aire —. No se vaya a ofender.
Salió cerrando la puerta y yo volví a «sentarme» a la mesa y releí atentamente todo lo escrito.
Claro, Paichadze tiene razón. Mis apuntes son caóticos. Hay que describir punto por punto lo ocurrido desde el principio…
A pesar de mis aprensiones, logré dormir bien en la noche que precedió a la partida. A las 7 en punto llegó a buscarme Paichadze. Con una pequeña valija que siempre me ha acompañado en mis viajes, tomé asiento en el coche con un sentimiento de alivio.
Se terminó la espera… No hay vuelta atrás.
Paichadze estaba silencioso. Yo comprendía su estado de ánimo y no le molestaba con mi conversación. En Moscú dejaba a su esposa y una hija de seis años, de las cuales le dolía separarse. Acababa de despedirse de ellas porque en el aeródromo no se permitían acompañantes.
El coche pasó el Estadio Dinamo y se lanzó por la Avenida de Leningrado. Nuestra astronave debía despegar desde la orilla del río Kliazma desde donde Kamov lo había hecho en sus dos vuelos anteriores. Eran las 9 cuando llegamos al lugar.
El cohetódromo, rodeado de un alto cerco, era un enorme campo de 15 kilómetros de diámetro, la entrada al cual estaba terminantemente prohibida. En medio de la pista encontrábase nuestra astronave colgada a una altura de 30 metros del suelo, sostenida por el esqueleto enrejado de la plataforma de «decolage». En el gran edificio de dos pisos que llamábamos en broma «estación interplanetaria», donde hallábanse los laboratorios y talleres, nos encontramos con Kamov, Belopolski y los miembros de la Comisión Estatal. Paichadze y yo fuimos los últimos en llegar.
Kamov estaba conversando con el Presidente de la Comisión, el Académico Volochin, mientras Belopolski, después de saludarnos, tomó su coche y se dirigió a la nave cósmica.
