
Kamov llamó a Paichadze y yo quedé solo. Se me acercó el único extraño admitido en la pista, el representante de la prensa y corresponsal de la Agencia Tass, Semionov, al que conocía bien. Me preguntó cómo me sentía y me transmitió el saludo de los trabajadores de la Tass, que agradecí.
A las nueve y media Kamov se levantó y estrechó la mano de Volochin.
— Es tiempo — dijo.
El viejo Académico, visiblemente emocionado, le dio un abrazo.
— De todo corazón le deseamos éxito en su empresa. Todos esperaremos vuestro regreso con muchísima impaciencia.
Abrazó también a Paichadze y luego a mí. Nos despedimos de los otros miembros de la Comisión, que estaban también bastante emocionados. Solo Kamov parecía imperturbable. Cuando nos sentamos en el coche me miró y sonrió.
— ¿Qué tal? — preguntó —. ¿Durmió?
Sólo pude asentir con la cabeza. Las últimas despedidas, los últimos votos, y el coche se puso en marcha. A los 8 minutos llegamos a la nave. Belopolski nos esperaba al lado del ascensor, con el ingeniero Larin que dirigía los preparativos para el vuelo. Los demás trabajadores del cohetódromo ya habían abandonado el lugar.
Sobre nosotros, a la altura de un edificio de diez pisos, brillaba al sol la superficie blanca de la nave cósmica. Tenía 27 metros de largo por 6 de ancho, y por su forma recordaba un melón gigantesco. Su interior me era ya familiar. En la proa estaba escrito en letras de oro: «U.R.S.S. - L.S.2».
Kamov habló al ingeniero y éste se despidió y se sentó en su coche. Eran las diez menos cuarto. Con su partida se rompía nuestro último contacto con los hombres.
— Vamos — dijo Kamov.
El ascensor nos llevó rápidamente a la plataforma de despegue. Al acercarme vi que la nave no pendía a plomo, sino haciendo un pequeño ángulo hacia el oeste. La entrada redonda era estrecha y se podía pasar por ella a gatas. El primero en entrar fue Belopolski, luego Paichadze, y después yo. Desde esa altura se veía toda la pista. Noté que se alejaba a gran velocidad el coche del ingeniero. Lo último que vi al entrar por la abertura fue un cohete rojo que se alzaba en el horizonte.
