
— Pronto — dijo Kamov. Me siguió, entró, y apretando un botón cerramos la tapa hermética.
— ¿Qué es ese cohete? — le pregunté.
— La señal de que quedan diez minutos para despegar.
Nos encontramos en la parte superior, o mejor dicho en la proa de la nave donde estaba el observatorio y el puesto de comando. El recinto se hallaba iluminado por luz eléctrica. Paichadze nos dio grandes cascos de cuero. Le pregunté para qué.
— Para tapar los oídos. Póngase el casco, sujétese las correas y acuéstese — dijo, señalando un gran colchón en el suelo.
— Aceleración, 20 metros. No es mucho, pero es mejor soportarlo acostado. Durará casi media hora.
— ¿Entonces no veremos nada? — pregunté yo, decepcionado.
— Sí, abriremos las ventanas cuando dejen de funcionar los motores.
Se puso el casco y se acostó también en el colchón al lado de Belopolski. Kamov, con un casco igual, se sentó en un sillón de cuero al timón, sin sacar la vista del segundero. Este sillón, que formaba un conjunto homogéneo con el tablero de mando, podía girar en todas direcciones, según la posición de la nave. Se lo necesitaba sólo en el momento de despegar y al volar sobre los planetas. Durante el trayecto, cuando dentro de la nave desaparezca la gravedad, por supuesto que no hará falta.
Miré mi reloj; eran las diez menos diez.
Es difícil describir lo que se siente en tales momentos. Ya no era emoción, sino algo aún más intenso, casi doloroso…
Queda un minuto y medio… Un minuto…
Miré a mis compañeros recostados a mi lado. El rostro de Belopolski mostrábase tranquilo, con los ojos entornados. Paichadze, con el brazo en alto, miraba su reloj. Recordé que era ya la segunda vez que abandonaba la Tierra. ¿Pero Kamov? Lo experimentaba por tercera vez…
