
Treinta segundos… Veinte… Diez…
Kamov movió una de las palancas de maniobra, luego la otra.
A pesar del casco que me tapaba los oídos, pude oír un rumor creciente que iba en incesante aumento. Sentí el estremecimiento de la nave. Luego una fuerza blanda me apretó contra el piso. La mano con el reloj bajó por sí sola. Hice un esfuerzo para levantarla de nuevo. Era mucho más pesada de lo habitual.
Las diez y un minuto… Quiere decir que ya volamos.
El rumor no aumentaba, pero era tan fuerte que comprendí que sin el casquete especial no habría podido soportarlo.
La nave volaba con rapidez creciente; la velocidad aumentaba a razón de veinte metros por segundo.
Yo sentía no poder filmar la Tierra que se alejaba. Habría resultado una película excepcionalmente interesante, pero Kamov no me autorizó a utilizar los aparatos cinematográficos automáticos, montados en las paredes de la nave. Sus objetivos estaban tapados por fuera por viseras metálicas.
Era insoportable permanecer acostado: tan grande era el deseo de mirar todo lo que nos rodeaba. Envidiaba a Kamov, que podía utilizar dos periscopios cuyos oculares estaban a su alcance, en el tablero de mando. De vez en cuando miraba, para controlar el vuelo.
¿Cuánto tiempo se precisará para atravesar nuestra atmósfera — me preguntaba —, si se considera que tiene unos 1.000 kilómetros de profundidad? Durante el primer segundo, la nave hizo 20 metros, durante el segundo, 40, y así consecutivamente. Entonces, la hemos pasado cinco minutos después del arranque…
Haciendo este cálculo mental observé que a pesar de haberse duplicado la gravedad, mi cerebro trabajaba normalmente. Entonces, para acortar el tiempo de ocio forzado, me puse a calcular a cuánta distancia de la Tierra nos encontraríamos cuando dejaran de funcionar los motores.
