
Desde el momento del arranque habían transcurrido unos quince minutos. Nos encontrábamos ya lejos de la atmósfera y volábamos en el vacío. Se apoderó de mí una impaciencia febril. Tornábase más y más penoso quedarse quieto. El monstruoso ruido de nuestros motores, reactores atómicos, trastornaba los nervios y despertaba el intenso deseo de que cesara aquel ruido, ensordecedor a pesar del casco. Si dentro de la nave y con el casco puesto era tan insoportable, ¿cómo sería en la popa? ¡Qué espectáculo abrumador debía ser ese del cohete gigantesco con una larga cola de fuego en la popa, lanzado a increíble velocidad por el espacio tenebroso…!
Envidiaba la absoluta quietud de Belopolski que esperaba pacientemente el fin de esta tortura. Paichadze, más nervioso, miraba su reloj con frecuencia.
Más o menos a los veinte minutos desde el momento del arranque, Kamov se levantó y se acercó a una de las ventanas. Aparentemente, se movía con facilidad. Movió un poco la losa que tapaba la ventana y miró por la angosta rendija. ¡Cuánto habría dado yo por encontrarme en su lugar!
Los últimos minutos se arrastraban con penosa lentitud. Diríase que las manecillas del reloj hallábanse entorpecidas…
Quedaban tres minutos… luego dos…
La velocidad de nuestra nave había alcanzado una cifra gigantesca: veintiocho kilómetros y medio por segundo. Una vez acallados los motores, volaremos a esa velocidad durante setenta y cuatro días, hasta llegar a Venus.
