Cuando sólo faltó un minuto, cerré los ojos y me preparé a la enorme alteración que debía producirse al pasar desde una gravedad doble a la imponderabilidad. Sabía que habría que moverse con suma cautela hasta que el organismo se adaptase. De repente ocurrió algo. Los oídos sentían el mismo rumor, pero en todo el cuerpo repercutió una reacción. Un pequeño mareo, que pronto se disipó. El colchón donde yacía me pareció repentinamente muy blando. Sentía como si estuviese flotando en el agua. El ruido iba apaciguándose y comprendí que seguía resonando sólo en mis oídos. Todo estaba quieto, los motores habían dejado de trabajar.

Abrí los ojos. Kamov estaba frente al tablero de mando. De pie, pero sus pies no tocaban el suelo. Estaba suspendido en el aire sin ningún apoyo.

Este cuadro fantástico, contemplado por vez primera, me llenó de asombro, aunque ya sabía que así iba a suceder. La nave se transformó en un mundo aparte, carente por completo de pesantez.

Seguí recostado sin aventurarme a esbozar el menor movimiento. Paichadze se sacó el casco y se levantó. Ningún acróbata en el mundo hubiera podido hacerlo de igual manera. Dobló su pierna, posó el pie en el suelo y suavemente se enderezó.

Belopolski se sentó y también se sacó el casco, pero con extraños movimientos vacilantes. Vi por sus labios que estaba diciendo algo. Paichadze le tendió la mano y Belopolski se encontró súbitamente en el aire. Hizo un ademán como para ponerse de pie, pero resultó todo lo contrario, pues se dio vuelta con la cabeza abajo y en su cara, siempre imperturbable, noté signos de emoción. Riendo, Paichadze le ayudó a recuperar la posición deseada. Decía algo, pero yo no podía oír nada debido al casco y me rodeaba el silencio más completo.

Los dos astrónomos se dirigieron a la ventana, o más bien se dirigió Paichadze, pues Belopolski se movía detrás agarrado por doquier y con eso aparentemente se sintió más estable. Paichadze presionó un botón y el postigo metálico se deslizó lateralmente.



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