
La curiosidad me impelía a abandonar el colchón salvador. Muy despacio desabroché las correas y me saqué el casco. Era extraña la sensación de no sentir el peso de las propias manos. Tiré el casco en el colchón, pero no cayó sino que quedó suspendido en el aire.
Con mucha cautela, tratando de no hacer movimientos bruscos, comencé a ponerme de pie. Todo iba muy bien y ya empezaba a jactarme para mis adentros pensando que no seguiría el ejemplo de Belopolski, cuando de repente, al notar que estaba suspendido en el aire, hice un movimiento involuntario para apoyarme en algo; mis pies tocaron el suelo por un breve instante y volé como un plumón hacia el techo, o más bien a la parte del recinto que hasta aquel momento consideraba como techo.
La nave pareció darse vuelta en un instante. «El piso» y todo lo que en él se encontraba se halló «arriba». Kamov, Paichadze y Belopolski quedaron suspendidos con la cabeza abajo.
Mi corazón palpitaba a un ritmo acelerado y sólo con dificultad pude reprimir una exclamación. Kamov me miró, diciéndome:
— No haga ningún movimiento brusco. Recuerde que carece de peso. Recuerde lo que le dije en la Tierra. Nade en el aire como en el agua. Apártese de la pared sin brusquedad y diríjase hacia mí.
Seguí su consejo, pero no supe medir la fuerza del envión, cuyo ímpetu me precipitó por el aire, haciéndome golpear con bastante fuerza contra la pared. No me detengo a enumerar todas las veces y los gestos con que nos atropellamos constantemente en esas primeras horas Belopolski y yo. Si todas esas evoluciones las hubiésemos ejecutado allá en Tierra, nos habríamos roto el pescuezo, pero en nuestras circunstancias inverosímiles eso transcurrió impunemente y al solo costo de algunos moretones. Kamov y Paichadze que habían tenido ya la experiencia anterior, nos ayudaron a evitar mayores imprudencias y a adquirir hábitos nuevos para nuestros movimientos, pero ellos también cometieron algunas fallas.
