
En general nos adaptamos bastante pronto. Antes de haber transcurrido tres horas, yo ya podía moverme hacia donde quisiera, cambiando la dirección valiéndome de las correas, paredes o cualquier objeto conveniente.
Este libre flotar en el aire creaba una sensación indescriptible, que recordaba la niñez lejana, cuando en sueños solía volar con la misma libertad, despertándome siempre con la añoranza del sueño interrumpido.
Pasamos varias horas en la ventana del observatorio. No era muy grande, — medía cerca de un metro de diámetro —, pero extraordinariamente transparente, a pesar del vidrio de considerable grosor.
El mundo sideral producía una impresión aplastante por su grandiosidad. La contemplación de la Tierra y de la Luna, en estas primeras horas de vuelo, fue un espectáculo extraordinariamente maravilloso e incomparable. Nos encontrábamos a una distancia tal, que ambos cuerpos celestes nos parecían aproximadamente del mismo tamaño. Dos enormes bolas, una amarilla, y la otra celeste pálido, estaban suspendidas en el espacio, detrás y un poco a la izquierda de la nave cósmica. El Sol iluminaba más de la mitad de su superficie visible, pero la parte no iluminada se adivinaba sobre el fondo negro del cielo. Así como me lo dijera Kamov durante nuestra primera conversación, dos meses atrás, veíamos aquella parte de la Luna que no era visible desde la Tierra. Parecía que no fuera el habitual satélite de la Tierra sino algún otro cuerpo celeste desconocido.
