
Quizás fue sólo en aquellos minutos, al mirar al planeta natal tan lejano, que sentí las primeras angustias de la separación. Recordé a mis amigos, de los cuales me había separado en vísperas de la partida, recordé a mis compañeros de trabajo. ¿Qué harían en este momento? En Moscú es de día y la ciudad se encuentra bajo un claro azul que oblitera la minúscula partícula de nuestra nave cósmica que se aleja más y más en el negro abismo del universo. Miré a mis compañeros. Las caras de Kamov y Paichadze conservaban su calma habitual, pero el rostro arrugado de Belopolski estaba triste y me pareció que en sus ojos brillaban lágrimas. Bajo el impulso involuntario de un arrebato espontáneo tomé su mano y la estreché. Contestó el gesto pero no se volvió hacia mí.
Sentí un peso en el corazón y me di vuelta. La calma aparente de Kamov y Paichadze me fue desagradable en ese momento, pero comprendí que aunque sabían dominarse mejor que nosotros, seguramente estaban experimentando los mismos sentimientos.
Yo pensé: «No es la primera vez que estos dos hombres abandonan la Tierra. Tal vez no se sentían tan tranquilos cuando volaban hacia la Luna.»
Durante casi una hora reinó un absoluto silencio a bordo. Todos mirábamos la lejana Tierra, en cuya esfera no se podía discernir ningún detalle que la asemejara a un globo terráqueo escolar.
— Parece como si en la Tierra hubiese neblina — dije.
— ¿Por qué le parece? — preguntó Paichadze.
— No se ve casi nada.
— Las nubes no tienen que ver nada con eso. Aunque no las hubiera, quedarían poco visibles los detalles de la superficie de la Tierra. La atmósfera refleja los rayos solares con mayor fuerza que los continentes o que las partes obscuras de los continentes. Si estuviéramos en invierno veríamos a Europa con mucha más claridad. Si quiere convencerse, mire el hemisferio del sur.
