Efectivamente, pude ver claramente la silueta de Australia. Asia podía distinguirse vagamente a través de un vapor blanquecino.

Durante las horas que pasamos frente a la ventana, la Tierra y la Luna parecían inmóviles, como si la nave no se alejara de ellas.

— Eso le parece así, nomás — dijo Kamov, cuando llamé su atención sobre el fenómeno —. La distancia aumenta paulatinamente, a razón de sesenta kilómetros por segundo.

— Cincuenta y ocho y medio — corrigió Belopolski.

— Yo dije un número aproximado — replicó Kamov —. Pero si usted quiere más precisión, son cincuenta y ocho km. y doscientos sesenta metros.

No pude reprimir una sonrisa, al ver que Belopolski apretaba sus labios finos, aunque las palabras se hubieran dicho con toda naturalidad. Paichadze sonrió también.

Belopolski tenía un pequeño defecto: a veces cometía torpezas y como nadie, Kamov sabía rectificarlo suavemente. La última cifra mencionada era absolutamente exacta.

Al contemplar el globo terráqueo desde la ventana de la nave cósmica, pensé en los siglos y siglos durante los cuales la humanidad había considerado a esa pequeña esfera suspendida en el espacio infinito, como el centro del universo. Quise acercarme al aparato, pues tenía el deseo de dejar grabado en la película este cuadro abrumador, para que millones de hombres pudiesen ver lo que veíamos nosotros, cuatro felices mortales, cuatro emisarios de la ciencia soviética.

— ¡Miren! — dijo Kamov —. Allá a lo lejos brilla un pequeño cuerpo celeste. Es nuestra patria, el planeta Tierra. Parece ahora más grande que todas las estrellas, excepto el Sol, pero aún así, ¡qué pequeña es! Pasarán semanas y apenas la podremos distinguir entre las demás, en los espacios del universo.



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