Cuando lleguemos a la órbita de Marte, la Tierra nos parecerá sólo una estrella de primera magnitud, pero nosotros nos encontraremos en el centro del sistema planetario que rodea una estrella común que llamamos Sol. En derredor nuestro vemos innumerables estrellas que son soles como el nuestro, pero para alcanzar a la más próxima, nuestra nave debería volar treinta mil años sin interrupción. Desde allá veríamos a nuestro Sol como una pequeñísima estrellita, mientras a la Tierra, no la encontraríamos ni siquiera con el más potente de los telescopios.

Belopolski se volvió hacia nosotros, para decirnos:

— El cuadro que nos ha trazado Serguei Alejandrovich puede ampliarse. Todas las estrellas que vemos, así como otra cantidad innumerable que no puede discernirse por la insuficiencia de la vista humana, no son más que un solo sistema astral llamado galaxia. Para volar desde aquí hasta las márgenes más cercanas de nuestra galaxia con la velocidad que tiene actualmente nuestra nave, se necesitarían noventa millones de años, pero si nos dirigiéramos al extremo opuesto, lo alcanzaríamos sólo a los setecientos millones de años de vuelo constante. Pero nuestra galaxia no es la única en el universo. En los momentos actuales se conocen ya más de cien millones de galaxias como la nuestra. Se supone que todas entran en un solo sistema llamado Megagalaxia. No hay ningún motivo para suponer que la Megagalaxia sea la única y es probable que existan innumerables cantidades…

— Por piedad, Constantin Evguenievich — dijo Kamov —, con eso es más que suficiente.

Mi imaginación estaba aplastada por las palabras de Belopolski, que habían achicado a nuestra expedición grandiosa, convirtiéndola en un vulgar paseíto.

— ¿Se logrará algún día que la humanidad pueda concebir la inmensidad del universo y se podrán revelar sus misterios? — pregunté.



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