Desde el octavo piso, donde vivía, se dominaba una amplia vista de la ciudad. En muchos lugares brillaban los fuegos de la iluminación festiva y a lo lejos se veían las estrellas rojas del Kremlin.

¡Moscú, mi ciudad natal! ¡Capital del país que me diera todo lo que tengo!

«¿De qué te asustas? me dije. ¿Acaso no fueron peligrosas las expediciones en que has participado? ¿Acaso no has arriesgado ya otras veces tu vida?»

Me acerqué a la mesa y saqué del cajón un retrato de Kamov, al que algunos diarios extranjeros llamaban «El Colón de la Luna». Estaba de perfil y sus frondosas cejas, su nariz aguileña y las líneas bien marcadas de sus labios y barbilla, le hacían muy parecido al famoso explorador polar Roald Amundsen.

«Este hombre, pensaba yo mirándolo, este hombre no teme abandonar la Tierra por tercera vez. Marcha con paso firme y seguro hacia su meta.»

Instantáneamente se apoderó de mi un sentimiento de vergüenza insoportable. ¡Cómo pude haberme dejado dominar, aunque fuera por un instante, por esa indecisión vergonzosa! ¿Qué me había ocurrido? Mi patria me llama para el cumplimiento de un deber, me están confiando una tarea de responsabilidad y yo… ¿qué?

Con todas las fuerzas de mi imaginación, traté de evocar nuevamente la nave cósmica suspendida en el vacío tenebroso y frío, pero ya no me impresionaba.

La ráfaga de pusilanimidad había pasado.

A la mañana siguiente dije al Director que estaba dispuesto a volar donde quiera me mandaran.

— No hemos dudado de ello ni por un instante — me contestó.

Al atardecer del mismo día y con comprensible emoción, tocaba yo el timbre del departamento de Kamov.

Me abrió la puerta Serafina Petrovna Kamov.

— Serguei Alejandrovich le está esperando — dijo cuando me presenté.

Nunca había estado con Kamov, pero lo reconocí, gracias a las fotos que de él se publicaban.



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