
— Nadie puede concebir lo inconcebible — dijo Paichadze —. Pero no, Boris, estoy bromeando, claro que se podrá. Se podrá cuando la ciencia y la técnica hayan adelantado mucho. Ya se dijo que no hay en el mundo cosas inconcebibles sino que hay todavía cosas desconocidas que serán reveladas paulatinamente gracias a la ciencia y la práctica.
De nuevo prodújose un largo silencio a bordo.
De la manera más inesperada, fue Belopolski el que lo interrumpió diciendo, al mirar su reloj:
— ¡Cuánto tiempo perdido en balde! Hay que empezar las observaciones.
Paichadze lo miró con sorpresa.
— ¿Se siente usted capaz de ocuparse de trabajos científicos en este momento.
El otro ni siquiera le contestó y encogiéndose apenas de hombros se dirigió al telescopio, asiéndose a las correas. Kamov tuvo una sonrisa apenas perceptible.
— No, yo no puedo trabajar ahora — insistió Paichadze —. Voy a mirar a la Tierra, mientras se encuentra cerca.
La conducta de Belopolski me pareció extraña. ¿Es posible que permanezca tan indiferente a todo lo que ha abandonado en la Tierra? ¿No tiene ningún sentimiento por la separación? En cuanto a mí, no podía apartar la vista del planeta donde nací y crecí y que me parecía achicarse por minutos. Kamov y Paichadze tampoco abandonaban la ventana.
Así pasaron dos horas. En ese lapso, Belopolski no se apartó ni un momento del telescopio dirigido hacia el lado opuesto a la Tierra.
«Quizá — pensaba yo —, ese hombre sufre más que todos al abandonar la Tierra y se ocupa de su trabajo con tan intensa atención para ahuyentar su pesadumbre…»
No sé si habré acertado en adivinar los pensamientos que impulsaron a nuestro compañero a apartarse de la ventana, porque también es posible que lo haya hecho llevado por su habitual manera de ser. Pero yo deseaba en mi fuero interno que mi primera suposición fuera la más acertada.
