— No hay nada que hacer — me contestó —. Es la primera vez en la historia científica que la astronomía tiene la posibilidad de trabajar más allá de la atmósfera terrestre. No hay que extrañarse, pues, de que nuestros sabios aprovechen la oportunidad con entusiasmo. Nuestra tarea consiste en facilitar su labor.

Ya han pasado más de dos meses desde el momento que abandonamos la Tierra. Nuestra vida en la nave adquirió un ritmo estable. Se ha fijado un horario diario, o más bien para las 24 horas, puesto que no tenemos cambios entre la noche y el día. A ciertas horas nos reunimos para almorzar o cenar. No hay ni mesas ni sillas. Cada uno se ubica a su gusto, así nomás, en el aire y en la misma forma ponemos los recipientes con la comida. Nada puede caerse ni volcarse. Platos no hay, pues en estas condiciones sería inútiles. Comemos, directamente de sus envases, alimentos conservados, sabrosos y nutritivos, preparados especialmente para nosotros. No bebemos agua, sino diversos jugos contenidos en recipientes cerrados, de los cuales la bebida se chupa mediante un tubo flexible, puesto que ningún esfuerzo podría conseguir que se derramara un líquido sin peso. El menú es muy variado y no tenemos motivo de queja. La despensa de la nave guarda un millar de paquetes, marcados por números de orden, cada uno de los cuales contiene comida para cuatro personas. Todo lo que queda: potes, envases, papeles y restos de comida, se pone en un incinerador desde el cual es propulsado al exterior por un aparato que me recuerda el propulsor de torpedos en un submarino. Naturalmente, estas cenizas no tienen donde caer y siguen a la nave. Kamov decía, riéndose, que nuestra nave tenía una cola de la que nos libraríamos sólo con la ayuda de Venus, Marte y la Tierra, al penetrar dentro de sus atmósferas. Justamente porque Kamov no quería «ensuciar» la atmósfera con nuestros residuos, quemamos los restos con gran despliegue de electricidad, sin temor de que no pueda alcanzarnos.



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