Los días pasan con monotonía pero con extraordinaria rapidez: no tenemos tiempo de aburrirnos. Cada uno está ocupado con su trabajo. La temperatura se mantiene siempre igual en nuestra nave. El aire es puro y carece completamente de polvo. Jamás me sentí tan bien como ahora. En estas condiciones, el trabajo físico no existe, ya que el objeto más pesado puede transportarse de un lugar a otro sin el menor esfuerzo.

— Espere — dijo Kamov, cuando la conversación tocó ese tema —. Al regresar a la Tierra, cada movimiento le cansará y durante mucho tiempo su cuerpo le parecerá pesado y torpe. Muy pronto podrá convencerse de cuan poco tiempo necesitó, desde el momento de nuestra partida, para desacostumbrarse de la sensación de pesantez.

— ¿A qué se refiere usted? — le pregunté.

— Yo hablo del momento en que usted recuperará su peso habitual.

— ¿Y cuándo ocurrirá eso?

— Cuando empecemos la bajada a Venus. Penetrar su atmósfera con la aceleración que tenemos actualmente, significaría quemar la nave por fricción con la envoltura gasificada del planeta. Habrá que frenar la astronave y con eso se promoverá la reaparición de la pesantez. La aceleración negativa será de diez metros por segundo y eso es precisamente igual a la aceleración de la fuerza de gravedad de la Tierra.

— ¿Y a qué velocidad penetraremos dentro de la atmósfera de Venus?

— A 720 kilómetros por hora.

— ¿Y cuánto tiempo se necesitará para frenar la nave?

— Cuarenta y siete minutos y once segundos. Pero ello no significa que tengamos que sufrir por el trabajo de nuestros motores casi durante una hora, como ocurrió al partir desde la Tierra. Trabajarán con mucho menos ruido y con el casco usted los oirá muy débilmente. Además no habrá necesidad de acostarse y usted podrá seguir el aterrizaje sobre el planeta, desde la ventana.



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