
Espero con inmenso interés este acontecimiento trascendental y los cinco días que nos separan de él me parecen infinitamente largos. Mi impaciencia es tal, que hasta le dije a Paichadze que nuestra nave se arrastra como una tortuga. Se puso a reír.
— Suerte que Kamov no lo oye.
— No hay nada de ofensivo en mis palabras. ¿Acaso él mismo no estaba impaciente por llegar a Venus lo antes posible?
— Claro que sí — me contestó alegremente Paichadze —, pero Belopolski no quiere. Está enojado y dice que la nave es demasiado veloz.
Era la purísima verdad. Efectivamente, Belopolski expresó repetidas veces su descontento debido a que la rapidez de la nave le impedía efectuar con mayor detenimiento sus investigaciones astronómicas.
— Si estuviese en su poder, detendría la nave y se sentaría al telescopio tal como en la Tierra, durante dos o tres meses, mientras dure el oxígeno…
— Y regresaría a Tierra sin haber llegado ni a Venus ni a Marte.
— O se olvidaría del regreso — añadió Paichadze riendo, porque la comparación de nuestra nave con una tortuga le había causado mucha gracia. En general, Paichadze, suele prestarse de buen grado a conversaciones amenas, aunque no tengan nada que ver con nuestro vuelo, y en eso se diferencia netamente de Belopolski, quien jamás se ríe, y sólo en muy raras ocasiones sonríe.
En los primeros días de viaje, Paichadze solía bromear durante el trabajo, pero pronto se dio cuenta de que las bromas no eran del gusto de su colega y las dejó de lado por completo, desahogándose en sus charlas con Kamov y conmigo.
Me parece que la pasión científica de Belopolski apaga y oblitera todos los demás sentimientos. Nunca toma parte en nuestras conversaciones atinentes al regreso a la Tierra y hasta parece tener cierta aversión hacia ellas. El movimiento «demasiado acelerado» de la nave provoca su descontento, precisamente debido a su temor de no tener el tiempo necesario para dilucidar los problemas que lo apasionan, y que son tan numerosos que nos llevarían a volar no sólo hasta Marte sino por lo menos hasta Urano. ¡Sería un viaje de unos cinco años, y de ida solamente!
