Era alto y fornido, de movimientos seguros y medidos y de su persona emanaba algo poderoso que inspiraba confianza en la fortaleza de su carácter y en su voluntad inquebrantable. Lo que más me impresionó fueron sus ojos muy negros, tan negros que parecían insondables y llenos de una extraordinaria calma. El cabello gris acerado enmarcaba suavemente su alta frente. Su rostro no podía llamarse hermoso, a causa de las cejas demasiado tupidas y de la mandíbula un tanto pesada. Pero era un rostro varonil.

Me estrechó fuertemente la mano.

— Me alegra verlo, camarada Melnicov.

Me invitó a sentarme en un cómodo sillón y se instaló enfrente.

— Conozcámonos. Ante todo ¿cuántos años tiene usted?

— Veintisiete.

— No le habría dado más de veinticinco. ¿Dónde se tostó tanto? Contrastado con su rostro, el cabello parece blanco.

Le conté que estuve dos meses en el Kazajstán, de donde acababa de regresar hacía dos días.

— ¿Y otra vez quiere emprender una expedición? — dijo sonriendo —. ¿Está usted firmemente decidido a volar con nosotros? ¿Lo ha pensado bien?

— No conozco el itinerario de su viaje, pero su solo nombre indica que nos llevará fuera de los límites de esta Tierra. Si está usted conforme en llevarme consigo, no cambiaré de decisión.

— ¿Cómo está usted de salud? Tendrá que someterse a un riguroso examen médico.

— De mi salud respondo. El año pasado, antes de tomar parte en la expedición al Polo Sur, fui revisado por una comisión que me halló perfectamente sano.

Se tomó el mentón con la mano. Más tarde noté que era un gesto característico en él.

— Basta mirarlo para creerle. Bueno, si es así, me alegro. Resulta entonces que somos otra vez cuatro personas. Cuando se decidió nuestra expedición, quisimos tomar solamente auxiliares científicos. Conmigo irán tres personas. Habían sido presentadas tiempo atrás y durante casi un año estuvieron en adiestramiento especial. Pero hace un mes, perdimos a uno de nuestros compañeros en un accidente.



5 из 173