Este diario lo escribo sólo para mí. Si llego a equivocarme me sentiré encantado, pero en verdad quisiera que Belopolski, al que estimo profundamente, fuera un poco más «humano». Si se pusiera a reír con la espontaneidad de Paichadze, estoy seguro de que se desmoronaría la imperceptible muralla de contención que nos aleja de él; lástima que ese momento no parece cercano…

Pero me parece que me voy por la tangente. El tema principal al que quise dedicar mis anotaciones de hoy, es Venus, al que nos estamos acercando.

Antes de partir de la Tierra, leí el libro de Belopolski sobre los planetas del sistema solar, para no hacer demasiados papelones en cuanto atañe a la astronomía. Pero aún así me doy cuenta de que los conocimientos adquiridos están lejos de ser suficientes. ¿Qué es lo que contamos descubrir al penetrar bajo el manto nebuloso de Venus? ¿Qué probabilidades hay de encontrar vida en el planeta y cómo será esa vida? Con estos interrogantes me dirigí a Kamov.

— Pregunte a Belopolski — me dijo— no hay mejor conocedor del sistema solar.

No me animé a interrumpir el trabajo de Belopolski y esperé la hora del almuerzo. Cuando nos reunimos en el camarote de Kamov, donde se encontraban los duplicados de los aparatos del tablero de mando, para poder continuar nuestras observaciones sin interrupción, le pedí que nos hablara del planeta Venus.

— ¿Qué es, exactamente, lo que usted desea saber? — me preguntó.

— Lo que la ciencia sabe de él.

— ¡Qué vasto programa! — observó Paichadze.

— Claro que no le pido todo, sino los datos principales. ¿Qué es lo que veremos?



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