
Miró a Paichadze, que sonrió.
— El análisis espectral — dijo —, tiene un enemigo en la Tierra: es nuestra atmósfera, que inhibe y deforma la luz de los cuerpos celestes única fuente de la que extraemos los conocimientos sobre la naturaleza física de los astros y planetas. En la atmósfera terrestre, por ejemplo, el ozono no deja pasar los rayos ultravioletas y limita el espectro recibido. La estructura de la atmósfera terrestre no ha sido enteramente estudiada y no hay que extrañarse de la falta de precisión de nuestros conocimientos, pero en nuestro observatorio existen otras condiciones de trabajo. Aquí no hay atmósfera y logramos conseguir espectros más amplios y más completos, descubriendo en ellos lo que se nos escapaba en la Tierra. Aprendimos más y eso nos permitió sacar conclusiones.
— ¿Cuáles? — pregunté.
— En la cuestión que a usted le interesa — dijo Belopolski —, es decir la cuestión de Venus, Paichadze ha establecido un hecho trascendental: que en su atmósfera no sólo hay oxígeno, sino que existe en bastante cantidad. Eso ha permitido deducir que en la superficie de Venus hay vegetación, puesto que la presencia de oxígeno libre no puede explicarse por otras causas. Y esto, a su vez, demuestra que hay vida.
