
— En la neblina puede uno tropezar con algunas montañas — observó Belopolski.
— Hay riesgo, claro, pero no es tan grande y espero que si existiesen obstáculos, nuestro radioproyector nos avise con suficiente anticipación.
EL CAPITÁN ASTRAL
Ralph Bayson, corresponsal de un gran diario neoyorkino, entró de golpe en el despacho de Charles Hapgood y, sofocado por la emoción, no se sentó sino que se desplomó en un sillón frente al escritorio de éste.
Con aliento entrecortado pronunció una sola palabra:
— ¡Partieron…!
Hapgood dejó de escribir y con ceño fruncido miró fijamente a Bayson.
— ¿Qué ha dicho usted? — preguntó con cautela.
— Despegaron. Acabo de oírlo por la radio. Hoy a las diez, hora de Moscú, la astronave de Kamov despegó.
Hapgood sacó su pañuelo y se enjugó la frente.
— ¿Hacia dónde? — preguntó con voz ronca.
— Hacia Marte… Se nos adelantaron.
— ¡A Marte! — Hapgood se quedó con la mirada fija en Bayson, reflexionando.
— Es extraño, Ralph. Sabía que Kamov proyectaba ir a Marte, pero ese planeta se encuentra en situación incómoda para que vuele hasta él con la velocidad que ha de poseer, según me parece, la astronave de Kamov. ¡Aquí hay algo raro! ¿Y no se dijo cuándo piensa regresar?
— A principios de febrero del año próximo; o para ser más preciso, el 11 de febrero. Además, decían que Kamov quiere pasar por Venus.
Hapgood levantó las cejas.
— ¡Caramba! ¿Hasta Venus también…? ¡Vamos a ver!
Tomó una hoja de papel y con el compás y la regla logarítmica empezó a dibujar un esquema del sistema solar. Bayson abandonó el sillón y siguió atentamente los trazos del compás.
— Aquí está la Tierra y aquí se encuentran hoy Marte y Venus — dijo Hapgood —. Pero aquí, mire, Ralph, se hallará la Tierra en el día de su regreso, es decir el 11 de febrero.
