Dejando de lado por el momento la cuestión de la velocidad de esa nave cósmica, se puede suponer esta trayectoria más económica — dijo, trazando una línea de puntos —. Y entonces… — quedó en silencio sumiéndose en sus cálculos. Por su parte, Bayson esperaba pacientemente los resultados. Para no estorbar a Hapgood, volvió a sentarse en el sillón con el croquis recién trazado, pero sin poder captar la grandiosa magnitud de lo que se hallaba representado en esa hoja de papel, porque carecía de imaginación y le parecía muy fácil realizar el derrotero marcado en esa fina línea de puntitos por los que, con cada segundo, se alejaba de la Tierra la astronave rusa. Recordó el nombre del periodista que tomaba parte en esa travesía — Melnikov— y le costó reprimir el gesto de romper el papel.

Qué derrumbe… todos los planes se habían desmoronado; el dinero y la gloria que ya parecían firmemente asegurados estaban irrevocablemente perdidos… Miraba atónito la hoja blanca, sin sospechar que tenía en sus manos una copia casi idéntica del dibujo hecho por Kamov dos meses atrás en Moscú.

Transcurrió una hora y media.

— De eso se desprende — dijo Hapgood, continuando la frase como si no hubiera habido ninguna interrupción— que su aceleración no ha de ser menor de 28 kilómetros por segundo, con la condición de no bajar en la superficie de Venus ni de Marte. Si no, no se puede realizar su itinerario y no me puedo imaginar ningún otro. Jamás pensé que podrían lograr semejante velocidad.

— ¡Hay muchas cosas que usted jamás pensó, Charles! — exclamó Bayson, sin disimular su ira —. No es la primera vez que Kamov lo obliga a hacer un papelón.

— ¡No se fastidie, Ralph! Aun no se ha perdido todo. Todavía podemos hacer mucho. ¡Aún hay esperanzas!

— ¡Qué esperanzas, yo no las veo! La nave cósmica de usted, cuya aceleración es menor…

— 24 kilómetros.



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