— …no puede alcanzar a Kamov — terminó Bayson.

— Alcanzar, no — replicó tranquilamente Hapgood— pero creo que podrá pasarlo.

Bayson lo miró, atónito.

— No comprendo — dijo.

— Sin embargo es muy simple. El motor de mi nave puede funcionar durante diez minutos, y con una aceleración de 40 metros por segundo nos da una velocidad de 24 kilómetros, o más bien 23 con 8 décimos. Al aumentar la aceleración en el despegue, hasta 50 metros, obtendremos una velocidad final de 29 kilómetros y medio, lo que es absolutamente suficiente para ganarle a Kamov, tanto más que no haremos el desvío para visitar Venus.

— ¿Está usted seguro de ello? — preguntó Bayson, en cuyo corazón las palabras de Hapgood despertaron un rayo de esperanza.

— Segurísimo, pero solamente en el caso de que despeguemos no más tarde del 10 de julio.

— Será difícil terminar nuestros preparativos con tanta rapidez.

— Haré todo lo posible. Tenemos siete días por delante. Tendremos tiempo si nos ponemos a la obra sin demora. Venga aquí mañana a las nueve.

Cuando el periodista salió, Hapgood se quedó largo rato pensativo. Comprendía muy bien que su decisión de llevar la aceleración a cincuenta metros entrañaba peligrosas consecuencias para su salud. Ya la cifra que estableciera anteriormente, de cuarenta metros, excedía la carga admisible sobre el organismo casi en una vez y media. La medicina estableció que el ser humano puede soportar sin vulnerabilidad una aceleración de 30 metros por segundo, con tal de que esa aceleración no dure más de un minuto. Pero él tenía la intención de someter su organismo y el de su compañero a un aumento quintuplicado de la fuerza de gravedad durante diez minutos. Es verdad que pensaba sumergirse en agua, pero no estaba seguro de que esa medida diera resultado positivo. El riesgo era muy grande, pero no había otra alternativa. O arriesgarse, o renunciar a la lucha y conformarse con ser espectador del triunfo de su competidor.



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