
En los Estados Unidos se daba amplio apoyo a la obra de Hapgood. La intención del constructor de ser el primero en alcanzar la Luna y luego Venus y Marte, gozaba del beneplácito de muchos magnates financieros que esperaban explotar los valiosos yacimientos que se encontrarían allá y no escatimaban medios para permitir la realización del proyecto. La primera meta de Hapgood era la Luna, porque Kamov la había sobrevolado solamente, sin aterrizar en ella. El ingeniero estaba febrilmente atareado en la construcción de su astronave, calculando que Kamov no lograría realizar su segundo vuelo antes de dos años. La nave estaba lista ya, cuando llegó la noticia de que Kamov y Paichadze habían aterrizado en la Luna en su segundo vuelo.
Ese golpe fue muy doloroso para Hapgood. Dos derrotas seguidas minaron la confianza que en él habían depositado las personas de quienes dependía su suerte. Los diarios de su país dejaron de ensalzarlo y en cambio empezaron a elogiar las hazañas de su competidor. El título de «Colón de la Luna» dado a Kamov por los periodistas tan aficionados a sobrenombres pomposos, fue la última gota que hizo rebosar la copa de su paciencia. Con toda su alma juró aventajar al ingeniero ruso en su vuelo interplanetario. Su autoridad hallábase aún a suficiente altura y ya había recibido los medios para la construcción de una nueva nave, aunque no en las enormes cantidades deseadas. Pero no le importaba.
Con mucha atención seguía todo lo que publicaban las revistas técnicas sobre los preparativos de Kamov para su tercer vuelo, tratando de imaginarse la nave de su rival, pero Kamov era muy prudente y hasta el último día Hapgood no había podido enterarse ni de la velocidad ni de las dimensiones de la astronave rusa. Con su aplomo característico, que no se resintió por los reveses sufridos, subestimaba las fuerzas y las posibilidades de su competidor y exageraba las propias. No obstante decidió llevar su aceleración propulsora hasta cuarenta metros por segundo, lo que consideraba la más segura garantía de éxito, pues sabía que Kamov no estaba dispuesto a seguir por semejante camino.
