Hapgood consideraba que la cifra máxima que admitiría el ingeniero soviético era de treinta metros, lo que no produciría una velocidad superior a la de su astronave. Asimismo consideraba como cifra tope diez minutos para el trabajo del motor, puesto que los reactores atómicos desarrollaban una temperatura tan alta que sus cajas debían fabricarse con aleaciones especiales.

Hapgood no podía dejar de admitir la superioridad técnica de los soviéticos, pero consideraba que en ese ramo de producción no estaban más adelantados que Norteamérica la que en todo lo atinente a la técnica atómica trataba de no quedar a la zaga de nadie. Gracias a todas estas reflexiones, estaba completamente convencido de su éxito y construía su astronave con tranquilidad; pero recordando la rapidez con la que Kamov organizara su segundo vuelo, trataba de evitar demoras.

Deseoso de no compartir su futura gloria con nadie, Hapgood proyectó una astronave de dimensiones reducidas, capaz de llevar únicamente a dos personas, y eso porque era imposible efectuar el vuelo completamente solo. Contestaba con una categórica negativa a todos los que se ofrecían a participar en el vuelo, declarando con firmeza que sólo llevaría a un representante de la prensa.

Cuando la nave estuvo lista, Hapgood escribió una carta abierta a los periodistas norteamericanos, pero durante largo tiempo nadie le expresó su deseo de acompañarlo. Por fin, cuando ya empezaba a preocuparlo esta ausencia de candidatos, se presentó Bayson.

— ¿Qué le indujo a venir a verme? — preguntó al joven periodista.

— Voy a ser franco — le contestó Bayson —. Tengo muchas ganas de hacer dinero y eso es tan difícil en nuestros días. Además, soy ambicioso, y la gloria de Stanley no me deja en paz.

— ¿Ah sí? ¿Así que es usted ambicioso? ¿Pero ha pensado en los peligros que le esperan? Quizá, en vez de la gloria, sólo encontrará la muerte.



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