El disco del planeta, que apareció primero como una estrecha hoz, se ampliaba rápidamente y hacia las 20 horas lo vimos ya en su plenitud. Venus, iluminado por el Sol, brillaba como la cumbre nevada de una montaña terrestre en un día soleado. En ese momento faltaban unos dos millones de kilómetros para llegar hasta él, y su diámetro era casi como el de la Luna en su fase de plenilunio. Se veía claramente que toda su superficie estaba recubierta por nubes blancas. Sobre el fondo del cielo negro, el albino planeta, «Hermano de la Tierra», parecía hermoso como un cuento de hadas.

Me quedé pegado a la ventana, sin poder arrancar la vista de ese cuadro del que sacaba innumerables fotografías en colores.

Olvidé mencionar que nuestra nave está munida de ventanas especiales cuyos vidrios, hechos con un cristal de roca, permiten fotografiar a través de ellos los objetos que se encuentran fuera. Estas ventanas son de menores dimensiones que las demás y se encuentran enteramente a mi disposición. Paichadze las llama «Ventanas de TASS».

A las siete de la mañana del 15 de setiembre, Kamov nos hizo calzarnos los cascos que estaban ya preparados de antemano, y luego puso en marcha los motores de frenaje de la nave.

Se oyó el rumor ya conocido, pero con menos resonancia que antes y por las ventanas vimos un fulgor de llamas.

Todos nosotros, que nos encontrábamos hasta ese momento en las posturas más diversas, bajamos repentinamente sobre la pared delantera que así se convirtió en nuestro piso. La reaparecida fuerza de gravedad determinó enseguida dónde estaba el techo y dónde el piso, y el vuelo de la nave tomó un rumbo fijo, bajando hacia Venus que estaba a nuestros pies.

Resultaba grato volver a sentir el propio peso normal; pero como lo había previsto Kamov, los movimientos eran torpes y el cuerpo parecía muy pesado. Un hábito conquistado en 74 días de imponderabilidad hacíase sentir.



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