
Pasé a otra ventana y me acosté frente a ella. Paichadze y Belopolski, que no habían abandonado su laboratorio durante 24 horas, estaban enteramente absorbidos por su trabajo y no se apartaban de sus aparatos astronómicos. Su ventana era varias veces más grande que la mía y podían seguir admirando el planeta sin interrumpir su labor. Kamov tampoco se apartaba de su tablero de mando, ante el cual tendría que permanecer durante muchas horas más, con sus manos puestas en las palancas y los ojos clavados en el ocular del periscopio. Le saqué una fotografía sin que se diera cuenta.
El disco de Venus había aumentado en ese lapso hasta las dimensiones decuplicadas de la luna llena y el planeta encontrábase debajo nuestro en línea vertical, con la nave bajando sobre él desde una altura de 40.600 kilómetros a la gigantesca velocidad de 28 kilómetros por segundo. Labor frenadora de los motores disminuía lenta y paulatinamente esa velocidad vertiginosa. Sin ese proceso frenador habríamos hendido la atmósfera del planeta en menos de veinte minutos, porque la atracción de Venus habría aumentado aún la velocidad de la nave, que se hubiera consumido en llamas como un meteoro. Pero la potencia de nuestros motores, venciendo la gravitación del planeta reducía la velocidad en diez metros por segundo, con regularidad.
La bajada continuó durante 47 minutos y durante todo ese lapso sólo me aparté de mi ventana para verificar el funcionamiento de los aparatos cinematográficos automáticos que fotografiaban el planeta, y para cambiar la película.
Tenía a mi alcance cuatro aparatos fotográficos así como una gran cantidad de negativos. Todo había sido preparado de antemano, porque la comunicación entre el observatorio y los demás recintos encontrábase trabada por dificultades. La puerta se hallaba ahora «arriba», en el techo, pudiéndose llegar hasta ella por una escalerita de aluminio, colocada unas pocas horas antes. Para alcanzar mi laboratorio, instalado en la parte central de la nave, hubiera debido subir a una altura como de una casa de cuatro pisos, lo que resultaba largo y cansador. Habíamos tomado con anticipación todas las medidas para salir del observatorio lo menos posible hasta abandonar Venus y hasta que nuestra vida reingresara en la fase, ya casi habitual, de «imponderabilidad».
