
El planeta se acercaba. A los veinte minutos la velocidad disminuyó hasta dieciséis y medio kilómetros por segundo y nos acercamos a una distancia de catorce mil kilómetros.
Venus ocupaba casi todo el horizonte visible. Desde esa distancia ya no parecía de una blancura tan enceguecedora y se destacaban netamente las sombras entre masas de nubes sueltas. Con los prismáticos buscaba ansiosamente alguna hendidura entre esas masas de nubes arremolinadas pero no encontraba nada, debido a que, aparentemente el espesor de la capa era considerable, ¿será posible — pensaba yo —, que se justifiquen las aprensiones de Kamov y que esas nubes lleguen hasta la superficie del planeta? ¡Qué lástima si no logramos ver nada! Pero, ¿qué es lo que podríamos ver? Belopolski dijo que los sabios suponían encontrar en Venus sólo océanos y espacios pantanosos. Ahora se ve que casi de seguro habrá vegetación. Quizá al penetrar bajo la capa de nubes veamos un floreciente país habitado, con populosas ciudades, campos arados y sembrados, naves que surcan los océanos… ¿Qué es lo que veremos dentro de algunos minutos?
Me sentí muy emocionado. También lo estaban mis compañeros. Hasta el imperturbable Kamov me confesó más tarde que su mente era atravesada por los mismos pensamientos que la mía. Por primera vez en la historia del mundo el hombre iba a penetrar en los misterios de un mundo distinto. Es verdad que ellos habían estado en la Luna, pero entonces ya sabían por anticipado que ese mundo carecía de vida, que era un mundo muerto, mientras aquí todo era nuevo y misterioso. Entonces se trataba de un pequeño satélite de la Tierra ya estudiado e investigado, mientras ahora era un gran planeta desconocido, casi igual al nuestro por sus dimensiones.
