Pasaron otros quince minutos y la distancia, o mejor dicho, la altura, llegó a ser de unos cinco mil kilómetros. La velocidad siguió bajando hasta siete y medio kilómetros por segundo y seguía decreciendo paulatinamente. Diez minutos más tarde nos encontrábamos ya tan cerca que mi ojo no podía abarcar toda la superficie del campo de nubes. En ese momento, Kamov rompió el silencio que no se había interrumpido en todo el tiempo de la bajada:

— Konstantin Evguenievich, sírvase determinar la distancia hasta la capa superior de las nubes.

— 165 kilómetros — contestó casi enseguida Belopolski.

— Según el radar, la distancia hasta la superficie del planeta es de 177 kilómetros — dijo Kamov —, lo que indica que el límite superior de la capa nublada se encuentra a una altura de 12 a 13 kilómetros.

Se aproximaba el momento decisivo. La velocidad de la nave habíase reducido tanto, que esa distancia de 160 kilómetros, que antes hubiéramos recorrido en cinco segundos y medio, bastaba ahora para maniobrar.

Kamov apretó un botón y pude divisar desde mi ventana cómo desde a bordo iba desplegándose una gran ala, cuya pareja no tardo en aparecer por el otro costado.

Unos instantes más y fuimos envueltos por una densa neblina, la capa de nubes que revestía al planeta. Oí claramente como se detuvieron los motores durante un instante, para reanudar luego su marcha con mucho menos ruido. Los frenos también dejaron de funcionar, transformándose en un movimiento progresivo.

La nave intersideral pasó a ser un avión a reacción y empezó a hundirse a mayor y mayor profundidad.

Belopolski dejó su lugar y se puso al lado del tablero de mando. Kamov no se apartaba del periscopio y Belopolski empezó a contar en voz alta la altura del vuelo, según el radar o radioproyector.



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