— ¡Nueve kilómetros…! ¡Ocho y medio…! ¡Ocho…! ¡Siete y medio…! Una espesa bruma lactescente nos rodeaba sin disminuir su densidad.

— ¡Siete…! ¡Seis y medio…! ¡Seis…!

Mi corazón palpitaba furiosamente. Sólo seis kilómetros nos separaban de la superficie de otro planeta que nunca había sido mirada por ningún ojo humano. ¿Cuándo se acabarían estas malditas nubes?

— ¡Cinco y medio…! ¡Cinco…!

Sentí que la nave había cambiado de dirección y su vuelo pasó de la línea vertical a la horizontal.

— El infinito — dijo Belopolski.

Quería decir que no había montañas altas por delante.

— Vire el proyector hacia Venus — dijo Kamov.

En su lugar, yo habría dicho involuntariamente: «hacia tierra»; pero ese hombre no cometería semejante error. Aparentemente conservaba toda su serenidad.

— ¡Cuatro…! — dijo Belopolski —. ¡Tres y medio…! ¡Tres…!

En ese preciso instante sonó el timbre del aparato cinematográfico que me avisaba que la película había concluido. Saltar para ponerme de pie y cambiar la cinta fue cuestión de un minuto, pero perdí el instante en que emergimos de las nubes.

Belopolski había dicho: «Uno y medio» cuando Kamov volvió la cabeza y dijo con voz queda:

— ¡Venus!

Me lancé a una ventana. Belopolski a la otra. Por debajo nuestro, adonde podía abarcar la vista, se extendía la ondulante superficie del mar. Desde la altura de un kilómetro y medio veíanse claramente las largas hileras de olas con sus encrespadas crestas blancas movidas por un vendaval. Ni el más mínimo vestigio de tierra firme. No podíamos saber si era un mar o un vasto océano y si por alguna parte existía tierra firme. Por arriba, siempre el espeso manto de nubes. Por abajo un agua obscura y plomiza, un cielo gris y una media luz opaca iluminando ese cuadro tétrico. Nos encontrábamos en la faz diurna de Venus pero la luz parecía crepuscular, pues la capa de nubes de diez kilómetros de espesor apenas dejaba traspasar la luz solar y si había alguna visibilidad era gracias a la proximidad del planeta al Sol.



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