
Se quedó callado mirándome largo rato con sus extraños ojos calmos.
— Los requerimientos médicos a que son sometidos los participantes del vuelo — comenzó —, difieren de los habituales. Es posible que usted no sea admitido…
Hubo un nuevo silencio; luego prosiguió, ya en tono normal:
— Pero si ello ocurriera, usted ha de guardar el secreto. Usted sabe que mi primer vuelo fue un ensayo, y lo hice solo. La nave voló alrededor de la Luna y regresó a la Tierra. El segundo vuelo lo hice con el astrofísico Paichadze. Descendimos en la superficie lunar y pasamos allá varias horas. Ambos vuelos demostraron que la parte material no tiene fallas y entonces se decidió realizar una tercera expedición: alcanzar al planeta Marte y de paso observar a Venus. ¿No le asusta eso?
— ¡Ni en lo más mínimo! — respondí —. Ahora deseo aún más tomar parte en este vuelo, pero me cohíbe la insignificancia del trabajo que se me asigna. ¿Podré justificar mi participación?
— ¿Por qué prejuzga que su futuro trabajo será insignificante?
Yo sentí que me ruborizaba.
— Me pareció.
— Que no le parezca nada — me interrumpió Kamov —. Su tarea es de mucha responsabilidad. El análisis de las fotos que saque usted tendrá un gran valor científico y nuestros sabios le encomendarán una vasta tarea. En los momentos libres usted me ayudará a pilotear la nave.
Lo miré con asombro.
— ¡No se sorprenda! — sonrió Kamov —. No es tan terrible ni tan complicado pilotear una nave cósmica durante el vuelo. Otra cosa es levantar vuelo, aterrizar o volar cerca de los grandes planetas. Entonces sí que se complican las cosas. Nuestro puesto de mando está equipado con los más extraordinarios aparatos, con los cuales usted se familiarizará en los primeros días del viaje.
