– ¡Ah! -exclamé. Eso sí que no me lo esperaba-. Me parece muy bien.

– ¿Muy bien para quién? -me preguntó mientras me miraba con los ojos llenos de lágrimas de rabia- ¿Para usted, una poli de Minneapolis?

Como si la ira la hubiera liberado, Ellie se lanzó entonces al vacío.

Y yo también.

Si hubiera sido el mes de enero, con el agua bastante más fría, puede que mi decisión hubiera sido otra. O también es posible que me hubiera quedado donde estaba si no me hubiese empeñado en hablar con Ellie de sus problemas hasta enfurecerla.

O quizá me mentía a mí misma al describirlo como una decisión. No recuerdo haber pensado nada en particular. Cuando quise enterarme, ya había dado el salto. Es cierto que en el intervalo desde que me solté del puente hasta que choqué con el agua pensé en varias cosas en rápida sucesión. Por ejemplo, en aquel chico de la orilla, que intentaba pescar con un palo ridículo, o en mi hermano, sujetándome la cabeza debajo del agua en una piscina cuando yo tenía cinco años.

En lo último que pensé fue en Shiloh.

Ese día aprendí una cosa que ya creía saber: el río que acaricia tus pies y te produce un agradable escalofrío, incluso en el mes de junio, no es el mismo río al que se libra tu cuerpo cuando caes al agua desde una altura, aunque ésta sea moderada. Me sentí como si me hubiera estrellado en la acera. Fue tal el impacto, que me mordí la lengua hasta hacerme sangre.

Los primeros momentos que siguieron a la zambullida pasaron tan rápidamente que casi no recuerdo nada de ellos. Los pulmones me ardían cuando logré salir a la superficie, respirando como un caballo de carreras en plena competición. Lo que me rodeaba era tan diferente a las aguas transparentes y cloradas de la piscina en la que había aprendido a nadar, que me sentí desvalida, dominada por la corriente. Por pura coincidencia, supongo, debí de chocar con Ellie y la atrapé.

Ella también se había hecho daño y apenas se movía debido al golpe. La cuestión fue que no intentó zafarse, lo cual fue una bendición. Pasé un brazo alrededor de ella y la remolqué jadeando.



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