
No obtuve respuesta.
– ¿Tienen algo que ver tus compañeros de colegio? -dije, enunciando la pregunta con la mayor dulzura posible, de modo que tuviera amplia libertad para responder lo que quisiera.
– No quiero volver allí -dijo sin alterarse-. Hablan de mí y de Justin Teague. Ese gilipollas lo ha contado todo.
No sé por qué, pero Ellie me cayó más simpática por el hecho de haber utilizado esa palabra. Era como si el taco justificara su decisión airada.
– ¿Ha estado contando mentiras de ti? -pregunté.
– No -respondió negando con la cabeza-, contó toda la verdad. Incluso que nos acostamos juntos. Lo dijo todo.
– Entonces lo has hecho porque te gusta y tienes miedo de perderlo.
– No -dijo en tono inexpresivo.
Yo había supuesto que eso era lo que había que hacer con los que pretendían saltar desde un puente: hablar con ellos hasta que se sintieran mejor y accedieran a bajar. Pero éste no parecía ser el caso. Ellie Bernhardt no parecía sentirse mejor.
Cuando yo tenía su edad aún vivía en Minnesota, separada de lo que quedaba de mi familia y sintiendo que nunca más pertenecería a ninguna otra. Pero contar todo eso no ayudaría a Ellie. Esos cuentos de «cuando yo tenía tu edad» no consiguen derribar los sistemas de defensa de los adolescentes en apuros, quienes suelen pensar que los adultos son, si no sus enemigos, por lo menos unos perfectos inútiles.
– Mira -le dije-, me parece que hay cosas en tu vida sobre las cuales tendrás que reflexionar largamente, pero no creo que un puente sea un lugar apropiado para hacerlo. De modo que lo mejor será que me acompañes, ¿de acuerdo?
– Me acosté con él -dijo ahogando un sollozo-, porque no me gustaba. Quería cambiar las cosas.
– No te entiendo.
– Ya, Ainsley tampoco me entiende -dijo con calma-. A mí… a mí me gustan las mujeres.
