
La tripulación nos había visto y nos gritaba, pero yo tenía los oídos llenos de agua y no oía nada. Aquello parecía una película de cine mudo. Uno de los tripulantes nos arrojó algo.
Era un cabo en cuyo extremo habían atado una botella de refresco vacía y bien cerrada, que hacía las veces de boya. Me adelanté como pude, a golpes más que a brazadas, y finalmente logré agarrarla.
A mi cuerpo le pasaba algo extraño. Habitualmente, cuando el agua está muy fría y ni siquiera las gruesas ropas de invierno bastan, se entumecen los dedos de las manos y de los pies y después las extremidades. En cambio, en ese momento, cuando me subieron a bordo, sentí los dedos, pero los brazos y el pecho estaban insensibles, de modo que sólo pude alcanzar la cubierta gracias a los violentos tirones de la tripulación. Me di cuenta de que había perdido la chaqueta. Al menos yo ya no la llevaba.
Ellie yacía boca arriba a mi lado. Tenía los ojos cerrados. Su cara estaba tan pálida debido al agua helada que aquellos rastros de pecas que antes parecían difuminarse ahora resaltaban vivamente. Me incorporé.
– ¿Cómo está?
– Respira -me respondió el que parecía ser el más viejo de la tripulación. Como si quisiera demostrarlo, Ellie giró la cabeza y vomitó un poco de agua del río.
– ¡Anda! -exclamó un marino hispano al ver el espectáculo que ofrecíamos.
– ¿Está usted bien, señorita? -me preguntó el viejo. Sus ojos de mirada indecisa eran de un azul penetrante, aunque el resto de su persona era grisácea, casi descolorida. Parecía escandinavo, de Minnesota de pura cepa, pero no tardé en reconocer su acento tejano.
– No siento la piel -dije mientras hundía mis dedos temblorosos en la masa muscular de mis brazos. Era una sensación muy extraña. Me puse de pie, pensando que si andaba me encontraría mejor.
– Tengo whisky de centeno -dijo el viejo.
En el entrenamiento de primeros auxilios, el instructor me había prevenido en lo que respecta a ofrecer o aceptar «remedios caseros» en caso de traumatismos. Cosas como alcohol o cigarrillos.
