
Sin embargo, en esos momentos no pensaba yo en mis entrenamientos y, aunque había dejado el alcohol unos años atrás, ahora que esa barca ponía proa a la orilla, se me ocurrió que un poco de whisky de centeno podía ser una opción muy razonable.
Me salvó mi cuerpo fatigado. Cuando el hombre puso la botella en mis manos, se me cayó sin querer y se hizo añicos sobre la cubierta.
Capítulo 2
Has consecuencias del intento de suicidio de Ellie Bernhardt me ocuparon casi toda la tarde.
Nos trasladaron al Hospital del Condado de Hennepin. Antes de que se llevaran a Ellie, una asistente sanitaria de mediana edad se acercó a mí y me dijo que me visitarían en el segundo box, junto a la recepción.
– ¿A mí? -pregunté-. A mí no me pasa nada.
– Bueno -dijo-, pero no estaría de más echarle un vistazo a sus oídos y comprobar que…
– No tengo nada en los oídos -insistí, sin hacer caso de la fría punzada que indicaba que seguramente tenía agua en uno de ellos. Ante su mirada escéptica (los médicos llevan aún peor que los policías los desafíos a su autoridad) le repetí que me encontraba de maravilla.
En esta vida hay pocas cosas que me den miedo, y una de ellas es la consulta del médico.
– Basta con que me lleve hasta una ducha -le dije.
Mantuvo un instante su mirada escéptica y finalmente dijo que estaba de acuerdo, pues a esas alturas del año era difícil que yo sufriese una hipotermia. Había cierto aire del zorro de la fábula de las uvas en su despedida, como si en realidad nunca hubiera tenido demasiadas intenciones de examinarme.
En el vestuario de médicos y enfermeras me mantuve veinticinco minutos bajo una ducha muy caliente y luego me puse unos zuecos de enfermera, una blusa con florecitas estampadas y unos pantalones de color verde mar. Metí mi ropa mojada en una bolsa de plástico. Eché un vistazo a los boxes, en busca de Ellie. Me vio una joven enfermera.
