– La hemos llevado a la unidad de críticos -dijo, aludiendo a la atención psiquiátrica-. Tendrá que pasar aquí la noche. Le han hecho una radiografía de tórax para comprobar que no haya agua en los pulmones. Aún no tenemos los resultados, pero creo que físicamente se encuentra bien.

La oficial Moore había ido al cuartel para traerme una muda. Los detectives no solemos sangrar o vomitar más o menos que los patrulleros, pero frecuentamos escenas del crimen llenas de barro o en las que aún humea un fuego sospechoso, por lo que nunca está de más tener una muda a mano. Éste era el día de usarla.

Cuando pude salir a la sala de espera, Moore ya no estaba allí. En cambio, estaba Ainsley Cárter. Se levantó bruscamente de su asiento y se dirigió a mí. Me abrazó los hombros con precaución como si pensara que yo podía estar lesionada o herida.

– ¿Tiene usted hijos, detective Pribeck? -me preguntó.

– ¿Cómo? -No me esperaba esta pregunta, sino que se interesara por el estado de Ellie-. No, no tengo hijos.

– Joe y yo hemos hablado -prosiguió Ainsley girando su solitario de la misma forma que lo había hecho el día anterior al referirse a la imposibilidad de llevarse a Ellie a su casa-. Queremos tener niños, pero ante cosas como ésta comprendemos que es una terrible responsabilidad.

Por primera vez advertí los surcos dejados en sus mejillas por el llanto que le había escuchado por teléfono.

En eso, la oficial Moore apareció por la puerta giratoria, llevaba mi ropa en una bolsa de plástico y un par de botas en la otra mano.

– ¿Se quedará usted en el mismo hotel, no es así, con el número de teléfono? -le pregunté a Ainsley con calma-. Me gustaría conversar con usted más tarde.

– Sí, estaré en el mismo lugar. Y… muchas gracias -añadió en voz baja.



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