
Arrastré a la oficial Moore a través de la sala.
– Gracias -le dije con dificultad, pues no me sentía cómoda pidiéndole a una patrullera ese favor.
– De nada -respondió-. ¿Usted fue compañera de Genevieve Brown, no es así?
– Sí. Lo soy todavía -aclaré.
– ¿Cómo está?
– No lo sé. No he hablado con ella últimamente.
– Muchos de nosotros la echamos de menos.
– Volverá -me apresuré en contestarle.
– ¿De veras? ¿Cuándo?
Tuve que hacer memoria.
– No mencionó ninguna fecha en concreto. Quiero decir que es una baja por cuestiones familiares. Pero volverá, volverá.
– Claro, todo lleva su tiempo -dijo Moore sacudiendo la cabeza-. Fue muy doloroso lo que ha pasado.
– Sí, lo fue -dije.
Genevieve Brown había sido la primera amiga que hice en las Ciudades Gemelas. No me sorprendió que la oficial Moore la conociera; Genevieve conocía a todo el mundo.
Había echado raíces en las Ciudades Gemelas, donde había desarrollado la totalidad de su carrera en el Departamento: primero en la patrulla, luego en relaciones públicas y por último en el Cuerpo de Detectives. Su fuerte eran los interrogatorios. Era capaz de hacer hablar a cualquiera.
Ningún delincuente la amedrentaba. Era de baja estatura y de aspecto nada autoritario, tenía la voz suave como el ante. Era lógica, educada y razonable; antes de conocerla, los malhechores ya sabían su leyenda. Algunos detectives la llamaban el Polígrafo Humano.
En mis tiempos de patrulla aprendí mucho de ella. Le pagué esa sabiduría que compartió conmigo entrenándome con ella en el gimnasio, exigiéndole, llevándola a su máximo rendimiento físico, a pesar de que ya andaba cerca de los cuarenta. Cuando yo vivía sola en mi estudio de Seven Corners de vez en cuando me invitaba a cenar a su casa de Saint Paul.
Creo que el día más feliz de mi vida fue cuando me entregaron mi placa y comencé a trabajar con ella. Era una excelente maestra y mentora, pero sobre todo era divertido trabajar con ella.
