
Solíamos ir a tomar café en las vías aéreas, laberinto de pasillos que conectaba las segundas plantas de tiendas, restaurantes y quioscos al servicio de la gente de negocios de Minneapolis. A veces se detenía en medio de un pasadizo helado, por lo general en las mañanas con diez grados bajo cero. Sosteniendo con ambas manos su recipiente desechable de carne asada, miraba la ciudad de la que se escapaba un vapor blanco de la ventana de cada edificio que el sol intentaba iluminar, desfalleciente entre la nieve y el suelo helado.
– Hoy es el día, amiga -decía-. Vamos a apagar el aparato de radio y escapar a Nueva Orleans. Nos sentaremos al sol y comeremos beignets? [1] -Otros días, para variar, sugería San Francisco y un buen café irlandés de cara a la bahía.
Pero no lo decía en serio. Después de más de una década trabajando en la policía, seguía encantada con su tarea.
Un día, sin embargo, su única hija, Kamareia, fue violada y asesinada.
Yo conocía a Kamareia desde que era una niña, al principio de mi carrera, cuando celebramos las primeras cenas en casa de mi compañera. Cuando iba a la universidad, Genevieve se casó con un estudiante de Derecho, un matrimonio interracial. Kamareia era una niña muy madura para su edad, y en general entendía las exigencias del trabajo de su madre.
A veces oigo hablar a otros compañeros sobre sus hijos adolescentes: deberes sin hacer, entrevistas con los profesores y tutores, y un absoluto caos en la casa. Genevieve decía: «Dios mío, no puedo creer la suerte que tengo.»Yo estaba presente aquella terrible tarde en que Genevieve volvió a su casa y encontró a su hija gravemente herida, pero viva aún. Se la llevó el servicio de urgencias y yo la acompañé en la ambulancia. Estuve mucho tiempo de pie en la sala de espera, hasta que un médico se acercó a mí para decirme que Kamareia, que escribía poesía y estudiaba para ser admitida en Spelman, había muerto de una hemorragia interna masiva.
