Genevieve volvió al trabajo dos semanas después.

– Necesito trabajar -me dijo la noche del domingo que me telefoneó para comunicarme que al día siguiente nos veríamos-. Por favor, explícaselo a los demás para que me entiendan.

A la mañana siguiente, Genevieve se presentó con quince minutos de antelación, con los ojos enrojecidos, pero bien arreglada; sus cabellos, húmedos, despedían un perfume de hierbas. Estaba lista para trabajar. De hecho, esa semana y las que siguieron lo hizo, y muy bien.

Al parecer, había habido un detenido en relación con el caso: un pintor de brocha gorda que trabajaba en Saint Paul para unos vecinos de Genevieve. La propia Kamareia lo había identificado como el hombre que la agredió. Mientras el caso estuvo en manos de la fiscalía del condado de Ramsey, Genevieve se sintió bien. Se dedicaba por entero al trabajo, como un pasajero aéreo que cierra los puños para ahuyentar el miedo o como un alcohólico que está dejando de beber sólo a base de fuerza de voluntad.

El caso, sin embargo, fue sobreseído por detalles técnicos. Entonces Genevieve perdió el rumbo.

La cuidé durante un mes. Adelgazó y se le formaron profundas ojeras moradas, testimonio de sus noches en vela. En el trabajo ya no podía concentrarse. Al interrogar a testigos o sospechosos era incapaz de formular las preguntas básicas. Su poder de observación se hizo peor que el del menos hábil de los civiles. Ya no conseguía establecer relaciones lógicas.

Yo no me sentía capaz de decirle que lo dejara, pero al final fue ella misma quien lo hizo. Fue consciente de que no le estaba haciendo ningún bien al Departamento y pidió un permiso indefinido. Dejó la ciudad y se trasladó a casa de su hermana y su cuñado, en una granja del sur, cerca de Manicato.

¿Cuándo había llamado a Genevieve por última vez? Intentaba recordarlo mientras iba en mi coche en dirección a la ciudad. Sentí una punzada de culpabilidad y aparté el tema de mi mente.



17 из 271