Ya en la comisaría, escribí un informe acerca de los sucesos de la mañana, intentando encuadrar mi salto al río dentro de un marco de conducta racional, como algo que cualquier detective hubiera hecho. ¿Diría que «perseguí» a Ellie por el río? Me sonaba extraño. Retrocedí y escribí «seguí». Escribir era la parte que menos me agradaba de mi trabajo.

– ¡Pribeck! -Alcé la mirada y me encontré con la figura del detective John Vang, mi compañero en ausencia de Genevieve-. Me han contado una cosa muy rara sobre ti esta mañana.

Vang era un año más joven que yo y lo habían ascendido hacía poco. Desde el punto de vista técnico yo debía entrenarlo, una situación que me hacía sentir incómoda. No me parecían tan lejanos los tiempos en que yo seguía a Genevieve, dejándole la iniciativa de las investigaciones… Eché una mirada a su escritorio. No estaba del todo vacío, pero Vang ya se había apropiado de él.

Había colocado encima dos fotografías enmarcadas. Una era un primer plano de su esposa con una niña de nueve meses en brazos; la segunda mostraba a esa misma niña, esta vez sin compañía. La criatura había sido sorprendida en una especie de balanceo, un movimiento que le proyectaba hacia adelante la cabeza y el tórax mientras los brazos parecían ondular en el aire. Seguramente, cuando le tomaron la fotografía estaba pensando en que era capaz de volar.

En una ocasión, aprovechando la ausencia de Vang, la puse de tal modo que pudiera verla desde mi escritorio. Con las miserias de todas las Ellie Bernhardt del mundo apiladas junto a mí, me gustaba observar a aquella chiquilla volante.

– Todo lo que hayas oído acerca de mi episodio en el río es verdad.

– ¡Estás de broma!

– No he dicho que fuera inteligente, he dicho que es verdad.

Conscientemente, me llevé una de las manos a los cabellos. En el hospital los había recogido en una coleta replegada sobre sí, maciza y corta. Al tocarla noté que todavía no estaba seca. No estaba demasiado húmeda, pero aún estaba fría al tacto.



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