Tras acabar mi informe tuve que solicitar otro busca, ya que el anterior, junto con la chaqueta, se hallaba en las profundidades del Mississippi. Era de agradecer que mi cartera y mi teléfono móvil estuvieran en otra parte aquella mañana de locos.

Antes de que terminara el informe, sonó el teléfono. Era Jane O'Malley, una fiscal del condado de Hennepin.

– Ven enseguida -dijo-. La declaración de los testigos será más rápida de lo que suponíamos. Posiblemente hoy te tocará a ti.

O'Malley estaba investigando un caso que era una historia frecuente y triste: el de una persona cuyo ex novio se negaba a dejar la relación. Sólo que la historia tenía una vuelta de tuerca: el desaparecido era también un hombre. Había dejado el Gay 90, un club nocturno tanto para gays como para heteros, sobrio y por su propio pie tras haber bailado con unos amigos. Fue la última vez que se le vio.

Genevieve y yo investigábamos el caso. Ya avanzada la pesquisa, las coartadas a medias y las evasivas del ex novio acerca de la desaparición nos obligaron a recurrir a un detective del Departamento de Homicidios de Minneapolis. Nunca encontramos a la víctima ni su cuerpo: sólo manchas de sangre y un pendiente en el maletero de un coche que su ex había robado al día siguiente y al que, como era evidente, no había dado muy buen uso.

Al cruzar el vestíbulo del Centro Gubernamental del Condado de Hennepin en dirección a los ascensores, oí a mis espaldas una voz familiar.

– ¡Detective Pribeck!

A Christian Kilander le bastó una zancada para alcanzarme. Era uno de los fiscales del condado; su altura imponía, tanto en los tribunales como en la cancha de baloncesto, donde a menudo nos enfrentábamos en los ratos de ocio.



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